Cuy toroc toroc

En cierta ocasión llegó un gringo a uno de los pueblos de la provincia      de Dos de Mayo en busca de minas, con este propósito se internó por los cerros. Una tarde, sumamente cansado, avistó una choza y al llegar a ella encontró a una ancianita, a quien le pidió que preparara algo de comer y que por sus servicios sería bien gratificada.

La ancianita, ante la presencia del gringo y ante semejante petición, se dijo para sí: “¿Qué comerá este mishti?. Después de un buen rato decidió sacrificar a uno de sus animalitos que criaba en su cocina.

Luego de freír y aderezar la carne, sirvió al hombre que esperaba bostezando, sentado sobre la piedra, en la puerta de la choza.

El gringo, apenas recibió el recipiente en sus manos, por el olor, sintió lo sabroso del potaje, y sin esperar ni un segundo más lo devoró. Tanto habrá sido su hambre  que no dejó ni los huesos del animalito. Después de hartarse y sumamente satisfecho dijo:

¡Thank you! Sabroso estar comida!… ¿Cómo llamar plato y cómo llamar animal?

La viejita, con bastante chispa e ingenio, respondió inmediatamente:

-¡Ah señor!, plato se llama picante de cuy, y animal de llama Cuy toroc toroc!

-¡Ah!, ¡O.K.! (¡okey!) , ¡Cuy toroc toroc! ¡Rico  estar  comida! -replicó el gringo relamiéndose los labios-

Al día siguiente, nuevamente salió con dirección a otros cerros, en eso, cerca de un manantial escuchó:

-“¡Toroooc!, ¡toroooc!, ¡toroooc!...

La voz onomatopéyica  le trajo a la memoria aquella cena de la noche anterior; entonces, se dijo: “¡Ah, cuy toroc toroc!“. Y tragándose la saliva e imaginándose el potaje que

iba a repetir, se puso a buscar al animal, hasta que logró atraparlo. 

Por la tarde, al llegar a otra estancia, le dijo a la dueña de casa:

-¡Oh, señora!, ¡preparar cuy toroc toroc!

La mujer, al reconocer al animal sintió repugnancia y  mecánicamente repetía: “¡Cuy toroc toroc!”… “¡Seguro éste será pues cuy de los gringos!” Y muy a su pesar, completamente asqueada, en la única olla que preparaba sus alimentos, terminó de freír al animal.

El gringo, que esperaba impaciente, con el hambre que tenía, engulló el potaje en cuestión de minutos, pero al sentir un sabor diferente, dijo:

-¡No saber preparar cuy toroc toroc!

Un tanto enojado se levantó, cogió su mochila y se alejó del lugar. A unas dos cuadras escasamente el veneno del animal empezó a hacer efecto. Con el dolor, el gringo se retorcía. Se caía, se levantaba, y a sus vez gritaba alzando lo brazos:

 -¡Good bye! ¡Good bye!… ¡Adiós… vida!

Al  escuchar estos gritos y  al ver al gringo que saltaba con desesperación, la mujer pensó: “Así será pues despedida de gringos!”, por lo que contestó a voz en cuello.

-¡Aywallay taytay, aywallay taytay! (¡Vaya nomás, vaya nomás! ¡Buena suerte!

OCHO Y MIL

Un gringo que hacía turismo a Tantamayo, al pasar por el mercado de Huánuco, antes de abordar el ómnibus, muy curioso se detuvo al ver a una señora que vendía unos frutos apetitosos de color amarillo y rojo, por lo que, apuntando con el dedo, con mucho interés preguntó:

-¡Qué ser éste… señora!

Uchumi taytay, uchumii! -contestó-

-¡Ah!, … ocho no? ¡O.K.!, ¡formidable!

Seguidamente separó los más brillosos y con la seguridad de que el fruto le serviría para aplacar su hambre, compró lo necesario.

Ya cerca de las ruinas del Castillo de Susupillo, al sentir que sus intestinos le empezaban a sonar, y el estómago le pedía algo que comer, saboreó sus enlatados y a su vez empezó a mordisquear el “uchu”. Por cada dentellada que le daba, la boca comenzó a picarle insoportablemente. En esta condición, el gringo correteaba de aquí para allá pidiendo auxilio, mas nadie le entendía, por el contrario, los que le acompañaban pensaban que se había vuelto loco. Tan trágica era su situación que no sabía cómo explicar, hasta que finalmente, con las lágrimas que se le derramaban de puro ardor se arrepintió de haber comprado el maldito fruto.

A la vuelta de su viaje, al pasar nuevamente por el mercado, encontró a la misma señora sentada en el suelo,

vendiendo en un inmenso recipiente, un líquido gelatinoso de un color amarillento. Esta vez, con cierto enojo y medio desconfiado preguntó el gringo:

¡Y ahora… qué vender! …¿ocho?

 -¡Manam taytay, mielmi! (¡No señorcito, vendo miel!)

-¿Mil? -repitió inmediata y mecánicamente-

La palabra le escarapeló el cuerpo, pues se acordó del mal rato que había pasado, y se dijo para sí: “¡si ocho era picante, cómo será mil!”. Cerró los ojos y pasó defrente.

Del libro: Anécdotas huanuqueñas y Adivinanzas quechuas)

 

   

«¡AMA MACHA!»

Contado por Rosa Saragoza Ramos

 

 

 

    Don Remundush wanuykunaq, sayshar Fabiupa warminqa jowanta ninaq:

    -Ayway don Celestinuta pushamuy,  ayway don celestinuta willamuy, kayman aywamsun kompañamanansipaq -nir kachanaq don Fabiuta-

    Say  kachaptin, Fabiuqa aywanaq. Aywaykaptinshi, don Gregorio Huamán y Remundo, ishkan jejaramnaq, kikin don Erasmupa pampanman. Say pampaqa jatunmi karqa, ichic rumillawan pirqashqa. Sayman jejaramnaq. Jejaramuptenqa, kumarinaq, sayshi jitakakurinaq. Sayshi jitaranaq. Almakunaqa rikarkur asikachayanaq. Fabiupa nawinqa rirkaraykanaqshi. Shayshi juknin alma ninaq:

    -Shay, fraguetanta kichashun raninta rikanansipaq.

   Niptinqa, ari nir, kayno, ishkankta kayno nirir laqmarayapunaq fraguetanta. Nirkurninshi asikachayanaq. Rikarkurqa, juknin ninaq :

    -Shay, alliran kaykanaq, alliran kaykanaq

    Nirkurninshi, rikarikaykur asikachayanaq.

    Payqa wanushgashi jitaraykanaq.

    Nirkur, laqmaraylla , niyanaq: «Almawanchi topaykurqun»

    Nirkurninshi, sharkurir, wachkukunawan, yarjurir, astayanaq.

 

TRADUCCIÓN

Había muerto don Remundo, por eso la mujer de Fabio le dijo a su esposo:

-Anda trae a don Celestino, anda avísale para  que venga y nos acompañe.

Por eso Fabio fue en busca de don Celestino. Cuando estaba yendo, dice, las almas de don Gregorio Huamán y don Remundo habían estado viniendo por la pampa de don Erasmo. Esa pampa era grande y tenía unas murallas pequeñas.  Al llegar a la pampa, una de las almas lo había empujado, por eso, Fabio cayó de espaldas, desmayado. Estaba botado en el suelo. Las almas al verlo así empezaron a reírse. Fabio estaba desmayado pero sus ojos estaban abiertos, mirando.  Entonces, una de las almas dijo:

– Shay, abriremos la bragueta para ver sus huevos.

Al escuchar esta idea, bueno dijo el otro. Y los dos, le abrieron la bragueta del pantalón y dejaron al aire los órganos genitales de Fabio. Al verlo así, las almas gozaban de risa. Entonces, uno de ellos dijo:

-Shay, todavía había estado bien, todavía había estado bien.

Después dice, mirando y mirando gozaban, riéndose.

Pero Fabio, desmayado, estaba tirado en el suelo.

Luego, lo dejaron así, con la bragueta abierta. Riéndose se fueron.

Fabio, estaba en el suelo. No había ido ni a llamar a Celestino. Allí, en la calle, apenas salió, al toparse con las almas, se había desmayado.

Entre tanto, al ver que su esposo no llegaba, la mujer decía:

-Mi esposo tiene malamaña. Seguro ha ido en esa mujer. Con ella debe estar hasta estas horas. Por eso no aparece. Hasta estas horas, ya don Celestino hubiese llegado. Seguro que está con esa mujer.

Cuando así estaba hablando su mal, Fabio apareció a donde estaba el difunto, difícilmente sosteniéndose de pie y apoyándose de la pared,  y entre palabras entrecortadas decía:

-¡Ama macha!, ¡Ama macha! ¡Ama machaaa!

-Qué es lo que tienes! ¡Qué cosa es ama macha! -dijo la mujer-

Él, a duras penas respondía:

—¡Ama macha!, ¡Ama macha!

Entonces, los hombres y las mujeres comprendieron que podría haberse topado con el alma. Se levantaron en ese instante y cogiendo sus fajas empezaron a flagelarle para espantar a las almas.