PICHGAY Y CHULUC

Huamalíes

Pichgay proviene de la voz quechua pichga, que quiere decir «cinco», y Chuluk es una interjección para imponer silencio a su auditorio, o también significa «silencio profundo».

El Pichgay y Chuluk son dos pasajes de una costumbre tan arraigada en las zonas rurales de nuestro ex departamento, pero también en la capital, aunque ya no con tanta frecuencia.

El Pichgay es una costumbre que consiste en honrar al muerto después del entierro, al quinto día después de haber fallecido la persona. Los deudos sacan las frazadas y las ropas que el difunto usó en vida para ser lavadas. Tanto varones como mujeres cargan sobre sus espaldas y lo conducen hasta un puquial o río cercano, allí empieza el Naya tagshay, o sea el lavado de las ropas del difunto, entre bromas, risas y juegos. Más de las veces el varón aprovecha estas circunstancias para iniciar un romance que más tarde dará origen a la nueva vida.

Antes de dirigirse al puquial o al río, es costumbre, los deudos rocían con ceniza fina el interior de la puerta donde murió la persona, porque se cree que el alma retorna al quinto día, por ultima vez, a despedirse de sus familiares.

Al atardecer, después del Naya tagshay, abren la puerta del cuarto para saber si el alma se ha ido al cielo o al infierno. Esto,  lo comprueban con los rastros de niños que dicen ser pies de angelitos, o rastros de palomas que significa el Espíritu Santo; otras veces parecen rastros de gallos y serpientes, entonces creen que el alma del difunto se ha ido al infierno.

Al oscurecer, en el mismo lugar donde se veló el muerto arman un muñeco con las ropas del difunto, le encienden velas y al compás de una música lúgubre le cantan su responso:

Virgen Santa diospamaman

Virgen Santa diospamaman

wawaykipaq mañapamay

jusalanta perdonampag.

Perdonalay dulce Jesús

perdonalay dulce Jesús

jamarkurchi waga

Virgen Santa, Reina madre.

Churikita wakcha almalän

ama dejaychu nina wasichu

Dios Yaya, Dios Churi,

Jesús, María y José.

A este acto del Pichgay están obligados asistir todos los habitantes del pueblo, cada uno lleva su pellejo de cordero y su frazada para acompañar la despedida del alma del difunto, quien no lo hace, corre el peligro de ser visitado por el Chuluk.

El Chuluk es el personaje que representa al alma del difunto. Generalmente es aquel que más destaca por su valor en el pueblo. A media noche, disfrazado de una mortaja blanca, se dirige al cementerio para sacar una calavera y con ella retornar al pueblo en el preciso momento en que se escucha el tañido de la campana acompañado de un silbido penetrante. A partir de ese momento se hace un silencio profundo y nadie puede quebrantarlo, aquel que rompe estas leyes, es creencia que será el próximo en morir.

El Chuluk, en medio de ese silencio, con la calavera en una mano y en la otra un cordón, avanza hacia el lugar donde se realiza el Pichgay. Al llegar se convierte en el terror de las mozas, quienes con el temor de ser llamadas, se refugian dentro de las frazadas o buscan la protección de sus padres o de otras personas. Allí es donde el Chuluk , con una voz de ultratumba empieza a rememorar los malos ratos que pasó el difunto estando en vida. Los llama nombre por nombre con quienes tuvo problemas, y al ubicarlo lo hace besar la calavera al mismo tiempo sin que nadie proteste, hasta que se escucha nuevamente el tañido de la campana y se encienden las velas; entonces, el Chuluk se retira con dirección al cementerio. Recién se rompe el silencio, y entre risas y bromas empiezan a relatar las cosas que ocurrieron en los interminables minutos que el Chuluk los tuvo bajo su control, esto se prolonga hasta el amanecer, donde concluye el Pichgay.

DÍA DE LOS COMPADRES

Huánuco

Antes, en Huánuco, se celebraba el Día de los Compadres faltando días para los carnavales. En estas fiestas eran infaltables los panes y los sabrosos potajes huanuqueños. Para ello, los fiesteros se aprovisionaban de abundante leña, que por lo general eran cogidos en la playa que formaba el Huallaga, río abajo, a la salida de la población.  Abundaba el huallau, o sea el sauce, el molle y otros arbustos, amén de los troncos que eran arrastrados y  varados por el río. Debido a la abundancia del huallau o sauce, ese lugar quedó bautizado con la denominación de Hallaupampa, hoy Huayopampa.

Se cuenta que dos pescadores, una noche vieron una lucecita sobre la copa de un árbol, pero tan luego vieron, desapareció misteriosamente. La siguiente noche, volvió aparecer la misma luz, y pensando que era otro pescador, se aproximaron para saber de quien se trataba, y con gran sorpresa encontraron sobre un coposo sauce a un Cristo crucificado. A la mañana siguiente, ante la noticia, acudieron los vecinos y allí mismo mandaron construir una capilla y el Cristo quedó  bautizado como el Señor de Huallaupampa, pero como fue encontrado en el Día de los Compadres, quedó con el apelativo de «Tayta Compadre».

La familia Gonzales, dueño de esas haciendas, transformaron la capilla en una pequeña iglesia, es la misma que ahora aún conserva al Señor de Huayopampa.

En los años sucesivos, la fiesta de los Compadres se realizaba  año tras año en medio de gran alegría y regocijo en el mismo Huallaupampa o  Huayopampa.  Los mayordomos se preparaban con mucha antelación. En  las vísperas habían juegos artificiales con el acompañamiento de  bandas de músicos. Al día siguiente la fiesta se iniciaba con una misa a cargo de los mayordomos. Plantaban un árbol y conforme avanzaba el día, la algarabía crecía y se hacía grande, pues habían  toldos, danzantes y se jugaban carnavales y empezaba la diversión con abundante huarapo. Llegaban desde los caseríos gran cantidad de gente, quienes portaban aguardiente, coca, cal, iscupuros, los mismos eran compartidos por  todos los fiesteros. La fiesta duraba hasta ocho días. Se celebraba con bandas y orquestas y lo más característico era el contrapunto entre ellos. El mayordomo sacrificaba reses carneros, gallinas, conejos, cuyes, para  alimentar a todos los asistentes.

En la ciudad capital, la costumbre de formar compadres  lo hacían  de una manera muy singular. La persona o familia que no tenía hijos, o aquellos que querían que fulano fuese la esposa o el esposo de sus hijos o hijas, se dirigían a los padres de las mozas o los mozos  para formar compadres.

En el caso de un compadre o comadre de matrimonio, los padres tenían reunión de familia para decidir el futuro de sus hijos y dialogaban:

– ¿Qué te parece tal persona?

En el caso de no estar de acuerdo, la respuesta era:

-¡No! Ése es un «pinganillo», un ocioso, un hijo de fulano de tal que no valela pena.

Pero cuando la persona señalada tenía la aceptación de la familia, primeramente preparaban la «chapana» o wawa de pan que tenía la forma de una tapa para tapar la olla de locro; o también preparaban la wawa en forma de varón o mujer, según el caso. Luego de adornarlo, cuidadosamente lo colocaban dentro de una caja y lo opbsequiaban a la persona señalada, precisamente en el Día de los Compadres. A este obsequio acompañaban una tarjeta de invitación que decía:

Señor (a)

Fulano de tal…

Les enviamosnuestra wawa para que lo vistan y acepten ser nuestros compadres. El bautizo se llevará a cabo el día tal… en esta su casa.

Firma

La persona que recibía el obsequio generalmente aceptaba este compromiso porque así era la costumbre de la época.

El jueves por la mañana se iban hasta Huayopampa a la capilla del «Tayta Compadre». Allí se confundían con la alegría popular. Por la tarde, luego de haber comido, bebido y bailado, al retornar a Huánuco los futuros compadres encontraban un gran obstáculo en el puente colgante. Hartos de licor, haciendo alarde de valentía, unas veces pasaban arrastrándose y gateando; otras veces el aspirante a compadre abrazaba a la comadre, y haciendo juramentos, agarrándose de las sogas de los costados, paso a paso a vanzaban, mientras el puente se balanceaba sobre el caudaloso Huallaga. Salvada la dificultad, ya en el otro extremo del puente, nuevamente se desbordaba la alegría. Por el camino, cantando y bailando en grupos, los futuros compadres se dirigían hacia La Alameda. En el trayecto, dentro del jolgorio, cogían las varillas de retama que abundaban por el camino y jugaban a latigazos; a desto se aunaba la participación del vencindario que los recibían con baldazos de agua, y así el juego carnavalesco se generalizaba.

A esa hora, en la casa donde se preparaba la ceremonia del bautizo, ya hervía el café cargado, y en la mesa esperaban los apetitosos bollitos y toda gama de licores; en el patio la banda de músicos se aprestaba amenizar la fiesta.

Los compadres al llegar a Huánuco completamente mojados y llenos de talco se cambiaban la ropa y asistían a cumplir el compromiso. Los dueños de casa los esperaban llenos de ansiedad. Apenas se hacían presentes, luego de los saludos protocolares  se empezaba a  proceder el acto del bautizo  ya sea de la wawa o de un muñeco de trapo.  Uno de los de la parentela, el más jocoso, hacía el papel de sacerdote y otro de sacristán. Su actuación era tan similar al del cura, con la diferencia que estaba salpicado de ocurrencias. Así por ejemplo, al coger a la muñeca de trapo o a la wawa, decía:

-Cómo se llama el muchacho (o la niña)

Los padres contestaban:

-Se llama fulano de tal …

Muy bien, hoy vamos celebrar el bautizo de este niño hijo de fulano y zutano que es de una familia respetable de la ciudad de Huánuco.

Diciendo esto, levantaba el manojo de flores remojado en una jarra que hacía el papel de agua bendita, y hablaba en voz alta:

Yo te bautizo                                        Yo te bautizo

con el agua del carrizo                     con el agua de yuca

para que no seas lizo                        para que te compres tu peluca

ni con tu padre                                   para que no pidas plata

ni con tu madre.                                 ni seas chismoso.

Y refiriéndose a la comadre, en tono sarcástico decía el cura: «Comadre:  ¡a rechare!, ¡a rechare!», es decir ¡a rezar !,  ¡a  rezar!

Después del bautizo venía el PARABIEN. Este acto consistía en abrazar al compadre o a la comadre y decirle con todo afecto:

-Compadre, (comadre), de hoy para adelante somos familia, tú verás a tu ahijado como si fueras su padre cuando yo me muera. A partir de ahora nos respetaremos hasta el día de la muerte.

Los invitados al escuchar estas palabras aplaudían, entonces el compadre aludido respondía:

-Claro compadre, por mi parte yo cuidaré a mi ahijado (ahijada) en todo momento; si tú tomas la delantera yo seré como un padre para ellos.

Los invitados aplaudían este gesto tan generoso.

Seguidamente venía el ¡Salud!. El compadre, alzaba la copa e invitaba el primer sorbo diciendo:

– Por el gusto de ser compadres: ¡Salud!, «¡la casa es pequeña pero el corazón, grande!».

Y empezaba la música dando inicio a la fiesta, circunstancia en que la comadre se acercaba al compadre y le decía:

– Una vueltecita compadre por ser parte de la familia.

El compadre respondía

-Con mucho gusto comadre.

Y bailaban la primera pieza musical que generalmente era un vals, luego le seguían las cachuas.

En el transcurso de la fiesta se enrollaban serpentinas al cuello y se echaban talcos finos y la fiesta continuaba hasta horas de la madrugada.

Esta fiesta del Día de los Compadres, hoy sólo ya queda en el recuerdo. Dentro de su sencillez, lo que buscaban era agrandar la familia y encontrar una amistad sana, sincera e imperecedera; pues los compadres, en lo sucesivo, se guardaban un profundo respeto.