Panchito

 Premio Nacional de Literatura Infantil 1998 Organizado por el Ministerio de Educación. 

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 Una mañana, cuando aún dormía, mi padre, suavemente lo posó sobre mi cama y palmeándome cariñosamente la frente, muy bajo me dijo: «Es tuyo». 

Era blanco, cándido e indefenso. Tímidamente se paró con esas sus patitas que más parecían copos de nieve. Levantó sus orejitas y quiso balar, pero apenas le salió un sonido inarmónico que me estremeció el alma.

Parecía un juguete. Sí, era idéntico a los que usaban los niños del pueblo en días de fiesta.

Sus ojos llenos de dulzura, al encontrarse con los míos se confundieron con ternura infinita. Triste, melancólico y dolorido sacudió su cabecita y a través de su mirada llena de misterios parecía soñar con su madre y sus altas y escarpadas punas. De pronto, nervioso, quiso correr. Mis manos lo sujetaron. Encabritándose, berreando y respirando fatigosamente, trató de liberarse.

Después de tan inútil forcejeo, rendido, se quedó dormido plácidamente sobre mi cabecera. Contemplarle así, entregado al sueño, era como un cuadro al natural que cualquier pintor hubiese querido tenerlo.

Su blancura y su dulce dormir llenó de alegría mi ser. Fue entonces que le bauticé con ese nombre que suena a pan y cariño: Panchito.

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 Después de esa mañana vinieron muchas más, hasta que un día en esa su cabecita redonda le salieron dos cuernos puntiagudos como dos pequeñas estacas. Así se veía como un adulto. Gordo, esponjoso, parecía rebotar cuando corría. 

Con él, las mañanas y las tardes siempre nos sonreían porque éramos sus amigos. También los chiquillos y los animales con los que nos encontrábamos en el camino gozaban de nuestras ocurrencias y travesuras. A menudo, especialmente en los atardeceres, entre el silbido del viento y la hora de oración de los pajarillos, los dos, juntos, nos sentábamos a escuchar la maravillosa sinfonía que se regaba por el campo; entonces, Pancho, contagiado por esa armonía cautivante, plantaba bien sus patitas en tierra y alzando el hociquito al cielo empezaba a balar fuerte, tan fuerte, hasta que mis brazos llenos de ternura y amor lo aquietaban perdiéndose entre sus sedosas y blanquísima lanas.

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 De aquella mañana, recordar no quiero, porque sólo con hacerlo, el alma se me llena de tristes y amargos desencantos; si embargo, las imágenes de esas horas recorren por mi mente como si lo estuviera viendo.

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 Cuando desperté no había nadie en casa. Todos habían madrugado. De pronto escuché los balidos desesperados de Pancho. Era él quien me llamaba. Sobresaltado corrí, y vi a la propia muerte hundiéndole los dientes sobre su pescuezo blanco y apergaminado. Él, saltaba de un lado para otro. Luchaba. Se abatía con fuerza. Inútilmente trataba de romper las ligaduras que le aprisionaban las patitas lanudas de blanco marfil. Así, encorajinado y defendiéndose heroicamente permaneció largo rato; hasta que finalmente, el cuerpo se le estremeció y un suspiro lento y entrecortado acabó con su agonía. La sangre tibia y burbujeante corrió como río embravecido por el patio empedrado; luego, poco a poco tornóse roji-oscura, hasta coagularse.

No comprendí lo que estaba pasando. Aquellos minutos fueron como sueños de mal gusto. Inmensamente horroroso, terrorífico. Desde el primer momento, cual inmensas y monstruosas alucinaciones, se dibujaban ante mis ojos la cara feroz del asesino y el inmenso cuchillo que reverberaba ante los rayos del sol de las primeras horas de aquella mañana.

Perdido en el tiempo y en el mundo caminaba sin rumbo mientras el ardor insoportable devoraba mis intestinos. Eran horas de confusión, agonía y muerte. 

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 Aquel atardecer cuando aún lloraba, arrancándome los cabellos, golpeándome, maldiciéndome, mi madre, que ya había vuelto del trabajo, al enterarse del triste fin de Pancho, en silencio se me había acercado. Recuerdo que sentí sus manos amorosas sobre mis hombros y con los ojos llenos de lágrimas me envolvió entre sus brazos. Así llorando, me susurraba al oído palabras, palabras que Pancho, ese amigo memorable, hubiese querido que las escuchara.

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 Aquella noche, la casa entera estaba de duelo. La muerte, después de haber bebido sangre aún festejaba punzando nuestros cuerpos heridos.

Mis hermanos que también lo amaban, lloraron conmigo. Cómo no lo íbamos hacer, si Pancho era el centro de nuestras ternuras y alegrías. Si aquel animalito, que sólo le faltaba hablar, era como un hermano más, ya que su vida era parte de nuestra vida.

De tanto llorar, ya a la hora en que los gallos acostumbran cantar, nos quedamos dormidos, dejando los últimos balidos de Pancho en esas horas inermes, llenas de tragedia.

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 Hoy, con los pelos que me pintan canas y a pesar de haber transcurrido los años, todavía te recuerdo Pancho.Hasta ahora no logro comprender el corazón de las gentes. No concibo tanta maldad, tanto rencor. Por una travesura en la casa del vecino no creo que hayas merecido la pena capital. No creo que el delito haya sido tan grave para que él mismo te sentenciara y ejecutara.

Hoy como ayer, tú estás vivo Pancho. Tus ojos lánguidos, tu color blanco marfil lo estoy palpando, y acariciándote entre mis brazos te sigo llorando amigo, mientras tú, sigues agonizando como un mártir en el tiempo.

 

Pancho, Panchito, así lo llamábamos. Su cabecita redonda jugueteaba sobre su pescuezo acolchado. Sus ojitos negros y vivaces me miraban con la sonrisa de un niño inocente. Su lana suave, esponjosa, completamente blanca, parecía dormir sobre su cuerpo, como si fueran nubes carmenadas por las rocas.

Así era Pancho, ese amigo inolvidable de mi infancia. Dulce, tierno, cariñoso. Hoy, sólo me queda el recuerdo, y cada vez que lo hago, un nudo de nostalgia se me ahoga en la garganta.

                                 Por:  Manuel L. Nieves Fabián
 
 

EL HOMBRE QUE LLEGÓ AL

INFIERNO

 

 

(Contado por Flaviana Fabián Vergara)

 

     Cuentan que un día cuando un hombre viajaba a las haciendas de la costa en busca de trabajo para conse­guir dinero, en el camino se encontró con un caballero elegan­temente vestido de negro montado sobre un hermoso caballo blanco, quien le dijo en tono imperativo:

-¡Amigo, ¿a dónde se va Ud.?

Asustado el hombrecito contestó:

-¡A la hacienda de Espachín, señor!

-¿Buscas trabajo?. ¿Quieres ganar plata­­? -inquirió el caballero de blanco, luego continuó- Si buscas trabajo y quieres ganar mucho dinero vamos a mi hacienda.

-¿Dónde queda, señor, tu hacien­da?, ¿En qué traba­jaré? -preguntó curioso-

-Mi hacienda no está tan lejos. Está pasando aquel cerro, abajo en la quebrada -dijo señalando el lugar-

-¿Cuánto pagarás, señor?

-¡Mucho dinero, lo suficiente para que puedas  vivir toda la vida! Eso sí, primeramente haremos un con­trato por un año, sin lugar a renun­cia. En caso de incumpli­miento perde­rás todos tus beneficios.

Como el hombrecito necesitaba dinero y no podía perder esta ocasión, aceptó y firmó el compromiso. Apenas ambas partes rubricaron sobre el pa­pel, el caballero de blanco ordenó que subiera a las ancas de su caballo y veloz partieron por caminos que nunca había visto. El caballo corría dando resoplidos y de sus cas­cos brotaban menudas chispas fulgurantes. Al llegar a un inmenso portón el caballo dio un relincho largo y prolon­gado, enton- ces, por sí solo se abrió el zaguán haciendo resonar sus goznes.

Las graderías, cual inmensos anillos, a manera de un camino a lo más profundo de la tierra, los condujo a un lugar a donde no llegaban ni los rayos del sol. Reinaba la penumbra durante el día y la noche. La luz se asemejaba a una luna tan débil en un mundo donde al parecer no habían signos de vida.

Para empezar su trabajo, el patrón le entregó un par de zapatos de fierro con la condición que sus servi­cios terminarían el día en que los zapatos se acabaran. Así, el hombreci­to empezó su trabajo haciendo los más raros mandatos. Si no cumplía, el patrón se enojaba y lo castigaba, dejándole el cuerpo completa­mente lacerado.

Un buen día le ordenó que cogie­ra leña del fondo de un pantano y que cargara en la mula que dormía a ori­llas de un gran río; diciendo esto, le hizo ver al animal.

El hombrecito aceptó sin chis­tar. Cuando se aproxi­mó a la bestia, ésta, al despertarse salió corriendo como una bala y de sus ojos parecían saltar chispas de fuego. La mula era tan briosa y salvaje que con sus cas­cos amenazaban aplastar al hombre. Siéndole imposible atra­par, no supo qué hacer. Cuando se lamentaba y llo­raba, se le apareció un anciano que con una voz tan dulce le aconsejó:

-”Así nunca atraparás a la bestia, no tienes ni soga, nada tie­nes. Infeliz y desdichado eres. Esto te pasa por haber aceptado el contrato sin haberlo pensado. Sano y buen hom­bre eres, por eso  te voy ayudar. Para atrapar a esa mula, acércate lo más que puedas y arrójale al cuello, con tu mano izquierda, la faja que llevas puesto en la cintura. Cuando hayas logrado, ya no corre­rá. Una vez que está en tus manos no dejes que se te escape ni menos le tengas compasión, en lo posible flagélalo duro y firme. Has que te respete y te tenga miedo. Cuando hayas logrado esto, llévalo al canto del pantano y cúbrale los ojos con tu poncho y sujétalo bien firme, luego grita: ¡Cárgakuy, cárgakuy, cár­gagakuy…! Al escuchar tu voz saldrán las culebras y toda clase de serpien­tes del fondo del pantano y se coloca­rán a manera de tercios de leña sobre el lomo de la bestia. Ella corcoveará y respingará y arrojará la carga cuan­tas veces sea necesario. Tú, con valor gritarás fuerte, lo sujeta­rás y lo castigarás. Cuando se haya cansado completamente, sudando y temblando de rabia cederá; entonces, formarás sogas uniendo las puntas de las culebras y con fuerza ajustarás la carga; en caso que el animal no se dejara cargar, lo casti­garás hasta sangrarlo, verás, que por fin se quedará quieta.”

El hombrecito hizo todo cuanto le dijo el anciano. No fue nada fácil, pero logró hacerlo.

Cuando llegó a casa del patrón y descargó la leña, éste no salía de su asombro. Nadie había pasado esta prueba. Lo que el hombrecito había hecho era extraordina­rio.

Y así, todas las órdenes eran obedecidas y cumpli­das, pero con la ayuda del anciano. Al cumplir el año de trabajo, los zapatos ya se le ha­bían acabado, entonces exigió al pa­trón que cumpliera las cláusulas del contra­to. El patrón no tenía argumen­tos para negarlo. Era la primera vez que un mortal le exigía con justa razón el pago por su trabajo; enton­ces, ordenó al hombreci­to que llenara cinco costales de carbón. Él no se explicaba para qué, pero pensando que era su último trabajo fue con direc­ción a la cocina; al llegar, encontró a una mujer cruel -mente maltrata­da; al verla, se asustó; al preguntar­le, quién era, ella respondió que había cargado leña y el empleado le había maltrata­do así, y que sufría esta condena por ser la mujer del cura.

El estado en que se encontraba la mujer le heló el cuerpo. Nunca había pensado que la mula sería la mujer; sin embargo, no quiso desobede­cer a su amo, y presuroso llenó los cinco costales de carbón.

El patrón no encontró motivos para pretextar y retenerlo por más tiempo. Leyó y releyó el contrato y no tuvo más remedio que cumplir. Mirándo­le con envidia por el alma que perdía le dijo:

-¡Puedes irte! ¡Llévate por el precio de todo tu trabajo los cinco costales de carbón! Eso sí te reco­miendo que no lo abras, sino al llegar a tu casa.

-¡Pero patrón… mi ganancia…? -trató de interro­gar el hombrecito-

Éste, con los ojos fosforescen­tes, le clavó una mirada severa. El peón agachó la cabeza y no tuvo más remedio que cargar su carbón y retor­nar a su casa. En todo el trayecto iba llorando, maldiciendo la hora en que su patrón se cruzara en su camino. “¡Un año de trabajo para ganar sólo carbón!”, repetía mecánica­mente a cada instante.

Sin darse cuenta había llagado a su casa. Su mujer y sus hijos que nada habían sabido de él durante un año, al verlo vivo no supieron qué hacer. Saltaban de gozo y lloraban de alegría. El hombrecito ni por eso se sintió feliz, seguía llorando por haber sido engañado y por haber mal­gastado su tiempo. Cuando le pregunta­ron el porqué de su congoja, les narró sus historia, y como prueba, dijo: “¡Ahí están los cinco costales de carbón.” Los curiosos, sus amigos y familiares fueron descargar a los burros que difícilmente se mantenían de pie. Los costales pesaban como si conten­drían piedras. Al abrirlos, para sorpresa de todos no era carbón, sino monedas de oro.

El hombrecito mudó su tristeza por la alegría y consideró que había sido bien pagado por todas las penurias allá en el fondo de la tierra.

De puro contento organizó una fiesta para todo el pueblo an­te el asombro de todos ellos.

 

 

 

AGONÍA DE KOYOSHO

 

(Del libro PANCHITO Y KOYOSHO publicado recientemente)

Cuando el sol empezó a aguijonearle las pupilas, Koyosho saltó de su lecho y corrió a la sala en busca de papá y los niños; se paró bruscamente debajo del umbral de la puerta que da al pasadizo tratando de ubicar a alguien, mientras su cola cual un abanico le refrescaba el cuerpo. En medio del silencio sintió que su corazón latía con desesperación mientras que su cabecita le daba vueltas como un mundo enorme que nunca acababa de rodar.

  Las palabras de Shapaco, dichas aquella noche, le llegaban nítidas como por el hilo telefónico: «¡Museo, museo, museo…!» Se repetía interminablemente martillándole los tímpanos. Museo, aquel lugar único en su género, donde se podía conocer a los animales de la costa, la sierra y la selva, llevados allí para el deleite de la gente y sobre todo de los turistas.

Estático, con sus ojos fijos y las orejas dobladas parecía soñar. De pronto abrió su boca grande y el bostezo hizo que se le vieran los dientes blancos y filudos como guardianes de su garganta seca y blanquecina. Así, solo esperaba el momento de la partida, pues aquel día sería inolvidable porque sus sueños se harían realidad.

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Después de una larga y dramática espera, llegó la hora. El travieso Jishuco y sus dos hermanas, saltando como gusanillos se precipitaron hacia afuera. No había tiempo que perder, pues Koyosho salió tras ellos. Ya en la calle, Camucha levantó los brazos y un taxi de color naranja, rechinando, se estacionó junto a la puerta. Koyosho fue el primero en acomodarse, pues de un salto se introdujo por la ventana, y allí, en el asiento trasero, junto a las bolsas de los niños, acomodó su cuerpecito.

Cuando el carro salió raudamente, siempre en silencio, sentadito, a través de las lunas de la ventana miraba sin cesar los cuerpos que corrían velozmente en dirección contraria a él. No lograba explicarse lo que estaba pasando. Ya en el laberinto de la ciudad, sumamente sorprendido vio una gigantesca estatua que amenazaba desenvainar su espada. Pensando haberle causado enojo con su presencia quiso huir pero la alegría de los niños le hizo cambiar de parecer, pues las voces cantarinas exclamaron: «¡El Héroe de la Batalla de Huamachuco!» Por el tono de voz comprendió que debía tratarse de un personaje tan importante. El carro color naranja aceleró y pasó como huyendo dejando atrás la estatua. Al llegar a la plaza, pudo ver una hermosa pileta que regaba a chorros la columna de cantos rodados y dando brincos las gotas de agua caían en la tina grande.

El taxista, con la mano en el timón, al cruzar una esquina le guiñó con el ojo izquierdo a una alegre quinceañera cuya larga cabellera jugueteaba con el viento.

Serían cerca de la diez cuando llegaron a una plazuela llena de vida y armonía. A un costado, una iglesia lucía sus hermosas columnas jónicas enchapadas con oro, cuyas dos altísimas torres mostraban a dos pares de enormes campanas que se balanceaban llamando a misa; al otro, a la sombra de un frondoso ficus, fulguraban con los rayos del sol las bellísimas columnas y arquerías de un antiguo colegio. Después de avanzar unos metros más, cerca a la esquina, el carro aminoró la velocidad y se estacionó. Desde allí se veía el inmenso portón del Museo de Ciencias y detrás de él aguardaban los animales a sus visitantes.

Koyosho, al estar tan cerca, casi en la puerta, se sentía feliz. Jamás había experimentado tanta ansiedad como en ese instante. De pronto le invadió la idea que solo con pensarlo se puso a temblar. Y como no queriendo se preguntó: ¿Y si no me dejaran entrar…? La garganta pareció anudársele y casi atragantándose con la saliva, concluyó: ¡No creo que sean tan crueles!

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Miles de inquietudes y ansiedades batallaban, cual caballos salvajes, en esa su cabecita llena de ilusiones. Sentado sobre sus dos patitas traseras, sus ojos fijos no dejaban de mirar el inmenso portón por donde entraban y salían sonrientes los niños junto a sus padres. Él, lleno de incertidumbre y el corazón latiéndole agónicamente, esperaba como una imagen petrificada con los ojos cuajados de tristeza.

Jishuco, su amigo, era su única esperanza. No podía olvidarse de él, no podía frustrar su anhelo de conocer a todos los animales. Estaba tan seguro. Y si no fuera así, Camucha o Maricucha no lo dejarían abandonado.

 

 coyosho libro

 

 Toda la noche había soñado por conocer aquel lugar, único en el mundo, donde los animales se reunían por voluntad de los hombres.

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Shapaco, abrió las puertas del carro por donde los niños bajaron casi atropellándose. Koyosho, fue el primero, y en medio de los gritos y los saltos de sus amigos, también él brincaba y mordisqueaba las manos y los brazos de Jishuco.

En medio del bullicio de la gente, mientras los niños jugaban, Shapaco se acercó a la boletería y entregó un billete de veinte Nuevos Soles. Cuatro papeles empezaron a relucir como el sol en las manos de aquel hombre. Mecánicamente contó: Papá y sus tres hijitos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y no comprendía el comportamiento de papá y sus amigos a quienes les tenía tanto cariño y aprecio. Quiso protestar, reclamar y hasta rogar, suplicar, implorar; pero pensó que ya nada podía hacer. Cerró sus ojos con fuerza y comprendió que estaba perdido en las tinieblas. Su corazonada parecía convertirse en realidad. Unas gotas de lágrimas rodaron hasta llegar a sus patitas blancas. Aún, sin perder la esperanza, con los ojos implorantes, los miraba casi borrosamente, ya a Jishuco, ya a Camucha o a Maricucha; pero ellos, ni siquiera notaron sus miradas de angustia, y como si no existiese, le dieron la espalda y avanzaron hacia el portón.

Movió su cabecita de izquierda a derecha, lo sacudió con fuerza, luego se quedó perdido en el tiempo. Cuando volvió en sí notó que se había quedado solo en plena calle; entonces miró por última vez a sus amigos que bulliciosos y contentos, cual mariposas saltarinas, iban alrededor de papá.

Triste, descorazonado, con los sueños y las ilusiones golpeándole su cerebro, los siguió mirando hasta que sus siluetas desaparecieron completamente. Jadeando, lagrimeando y casi desfalleciente, imaginó seguirlos hasta donde estaban los animales.

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Vencido y con la rabia que le latía en las entrañas, Koyosho cruzó la calle, apoyó su cuerpo en la pared, se sentó sobre la vereda y con la mirada perdida recordó el diálogo de la noche anterior al revisar el álbum de animales:

-…y este que se parece a un chancho ¿qué es papi?

-preguntó Camucha-

-Ese es un jabalí. -contestó-

Maricucha, la más pequeña, sumamente inquieta, preguntó a su vez:

-¿Y ese animal tan grande de color negro, con inmensas alas y el cuello blanco como una bufanda?

-Es el cóndor. -respondió el papá-

Jishuco a su vez intervino, apuntando con el dedo:

-¿Y este gracioso con cara de gente y con rabo?

-Es un mono.

-¿Están vivos o muertos, papi?

-Parecen vivos. Están disecados.

-¿Y cuándo vamos a verlos? -se apresuró en preguntar-

Si les gusta, mañana.

-¿Mañana? ¡Qué bien!

Y reventaron las voces cantarinas de los niños que locos de contento saltaban y gritaban, mientras que Koyosho, compartiendo ese júbilo también saltaba y ladraba, y en su cabecita desfilaban pumas, cóndores, osos, monos y todos los animales.

Pero ahora, decepcionado, frustrado en medio de un inmenso dolor, ya sin tomar en cuenta el transitar de las gentes, acomodó su hociquito sobre el piso ardiente, se puso a mover la cola con cautela y esperó.

Poco a poco sus ojos se fueron cerrando en medio del bullicio ensordecedor de los vendedores ambulantes y el tráfico de la ciudad, y sobre las comisuras de sus párpados se quedaron colgadas dos gruesas gotas de lágrimas, como dos perlas, titilando y reflejando un sinnúmero de animales que desfilaban por entre sus ojos cerrados.