EL MITO DE YUYU UMA (1)

 

 

 

Premio Nacional de Literatura Infantil 1998

organizado por el Ministerio de Educación. 

                                                                                                                                         HUÁNUCO

 

      

         Yuyu Uma fue el dios creador del universo. Una tarde bajó del cielo y los hombres lo vieron caminando imponente sobre la tierra.

 

         Su inmensa cabeza cubría casi todo el firmamento. Sus penetrantes  ojos abarcaban hasta no sé qué inmensidades. Sus gigantescas piernas eran una de oro y otra de plata. Su cabellera irradiaba una luz poderosísima. Desde aquel día ya no volvió la noche.

 

         Con sus ojos que abarcaban el infinito leyó el pensamiento de los hombres y comprobó que todos se habían olvidado de él.

 

          No  eran las mismas criaturas llenas de amor y bondad  que él  había creado. De sus corazones brotaban el odio, el rencor y la venganza. No se respetaban ni entre hermanos.  Todos eran perversos.

 

         Ante tanta corrupción, dio un grito que resquebrajó la tierra. Así se formaron  las inmensas quebradas y los cerros. Enseguida, dio otro grito prolongado y del aliento de su voz salió el Amaru(2) en forma de una inmensa serpiente alada.

 

 El Amaru, a su vez, daba gritos horripilantes, y en cada grito iba arrojando un hilillo de colores hasta formar con cada una de sus inmensas lenguas un arco de siete colores que quedó brillando sobre la faz de la tierra.

 

         El poderoso Yuyu Uma encargó a esta enorme serpiente para que juzgara a los hombres; seguidamente, veloz como un rayo, se alejó hasta perderse por entre las nubes.

 

         El Amaru  recorrió  toda la tierra causando  pánico y  espanto entre los hombres. Con su inmenso y descomunal cuerpo arrasaba los pueblos y devoraba a todo ser vivo que encontraba a su paso. Todos quedaron aterrorizados por los horrores que sembraba la bestia. Los hombres, no soportando tanta maldad y sabiendo que iban a morir, se organizaron para aniquilarlo

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         El Amaru, sintiéndose amenazado, con más furor continuó devorándolos. Sus lenguas que fácilmente  abrazaban  la tierra, saboreaban  hasta a los diminutos pajaritos;  no contento con ello,  incendiaba pueblos y campos.  Para que el castigo fuera  total, hizo llover a torrentes con rayos y relámpagos, inundando completamente la tierra.

 

Los pocos hombres que quedaron  huyeron espantados hacia las cumbres de los cerros y arrepentidos, vencidos, lloraban.

Cuando esperaban resignados a morir, vieron que por la  cumbre del Marabamba(3) salió un hombrecito tan diminuto con el cuerpecito cubierto enteramente de lodo. Llevaba los piesecitos desnudos y la ropita hecha jirones. Al contemplar la maldad del Amaru, con un grito más potente que Yuyu Uma, separó las aguas de la tierra y prometió a los hombres vencer a la bestia. Ninguno creyó que un ser tan pequeñito sería capaz de vencer al Amaru.

 

El hombrecito al distinguir a su enemigo que se acercaba arrojando fuego y causando el terror,  tomó un impulso y cual una flecha se introdujo por las enormes fauces de la bestia hasta llegar al estómago.  De inmediato el Amaru comenzó a retorcerse de dolor. Con su inmensa cola entre el lodo abría zanjas formando el cauce de los ríos.  Su cuerpo inundado por el agua, con el dolor formaba el lecho de los lagos; mientras sus gritos hacían temblar la tierra. La lucha fue titánica. Duró  todo un día y una noche. Al amanecer la horripilante serpiente arrojó muy lejos sus inmensas lenguas, las mismas que fueron a parar en forma de un arco de siete colores. Cuando ya agonizaba, Yuyu Uma, condolido, envió al viento. Éste, tomando la forma de un tornado, envolvió el cuerpo moribundo del Amaru y se alejó raudo por el cielo.

 

Cuando la tierra quedó en calma, sobre la lengua de colores del Amaru, apareció aquel ser diminuto y andrajoso, con el cuerpo completamente cuarteado y sangrando; luego con pasos lentos se dirigió al  lugar por donde había salido y ante el asombro de los hombres se introdujo  hasta las entrañas del Visakaka (4), esperando ser despertado algún día, nuevamente por el Amaru.

 

 Del libro: Mitos y leyendas de Huánuco